miércoles, 15 de mayo de 2013



REALISMO POÉTICO.-

Ted Hughes, Licenciado en antropología por la Universidad de Cambridge. Autor del libro de poesía "Hawk in the Rain". En 1995 recopiló en una edición de cuatro volúmenes sus 
"Animal Poems", sin duda la parte más popular de su obra poética.




   
                                                           EL TORO MOISÉS



Me aupé para poder asomarme
por encima de la portezuela baja,
con el pie izquierdo apoyado eb el gozne, y mirar la
       explosión
de oscuridad del establo: fue como cerrar los ojos de
       pronto
y mirar dentro de mi cabeza.
                                               Estaba negro como
el trasfondo de las estrellas. Pero la masa caliente de su
        respiración,
el hedor a amoniaco de sus desperdicios y la pasta
      rumiada
con su lengua caliente humeaban en mi dirección.
Despacio, apareció ante el ojo de la mente:
la mampostería de su frente, la quilla de su cuello.
Algo aparecía allí al borde del abismo,
ignorante del mundo, demasiado ensimismado para ser
      convocado,
y permanecía dormido. A una mosca la espantaría con
      el hocico,
pero el cuadrado cielo donde yo gritaba y hacía
      señales
no significaba nada para él. Nuestras luces
no hallaban ningún reflejo en él.




                                      Cada noche el granjero lo llevaba
al estanque para que bebiera y oliera el aire.
Y él no daba un solo paso, sino que el granjero
le obligaba a darlo, como si no supiera nada
de las épocas y los continentes de sus antepasados,
encerrado, engordándose en un cobertizo a oscuras
y caminando entre su puerta y el estanque de los patos.
El peso del sol, la luna y el mundo estaba remachado
en un anillo de metal en sus narices.




                                                                            Levantaba
su hocico humeante y miraba hacia los prados,
pero el susurro de la hierba no despertaba nada, el
         tirón
de la lejanía no lograba que nada tomara impulso
en la oscuridad bajo llave de sus facultades. Volvió
         paseando tranquilamente,
no se detuvo ante las pocilgas que quedaban a su
        derecha
ni ante los establos a su izquierda: había algo
deliberado en su pereza; alguna visión del futuro
se licuaba en su silencio.
                                        Le dejé la puerta abierta,
la cerré detrás de él y eché el cerrojo.





                                                       MARTÍN PESCADOR

El martín pescador está posado. Está estudiando.

Ha escapado del opio del joyero,
ahora radiografía la caída del río,
esa maraña de tinieblas.

Ahora desaparece, se convierte en vibraciones.
De pronto es un cable eléctrico, se templa de un golpe,
ataca en medio de un destello azul.




Te ha dejado su aguja enterrada en el oído.

Los robles patosos se arrodillan, se inclinan
con sus reflejos a cuestas,
y buscan piedras sumergidas. El martín pescador
atraviesa el espejo, con el pico lleno de lingotes,

y se aleja. Corta la única línea recta
del río ruinoso y enmarañado
con un diamante.

Te deja una astilla de arco iris clavada en el ojo.



Gracias a él, Dios zumba bajo el sol
y divisa al pescador.

Gracias a él, Dios
se casa con un abismo
de lodo con olor a pescado.
                                            ¡Pero míralo!
¡Ya se ha ido otra vez!
                                Es una chispa, un zafiro refractado
desde fuera del agua,
hace temblar la espina dorsal del río.





Hoy, han cerrado una carnicería en mi barrio, menos animales para el matadero.

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