lunes, 21 de julio de 2014




LOS HILOS DE UNA MADEJA ENREDADA, o porqué tendemos a creer que todos los animales comprenden el lenguaje humano.





Entre la enredada madeja que forman las observaciones de la comunidad animal, emergen algunos hilos con cierto sentido. La profunda influencia del lenguaje en el pensamiento humano salta a la vista.





Los seres humanos [no importa dónde vivamos] adquirimos un lenguaje increíblemente complejo a una edad tan temprana que ilumina todos nuestros pensamientos. De hecho, los recuerdos de los sucesos que ocurrieron antes de que tuviéramos palabras para describirlos son confusos y vagos [si es que después de todo podemos recordar cualquiera de esos tempranos sucesos]. Y estamos tan inmersos en nuestra habilidad para simbolizar la realidad que tendemos a olvidar la diferencia entre el símbolo y la realidad, confundiendo, por ejemplo, 
"mi país" con el lugar donde vivimos, y "el enemigo" con los seres humanos que están al otro lado del campo de batalla.





No hay ninguna duda, por lo tanto, de que pensamos en el mundo de la comunicación animal en términos de lenguaje humano. Tendemos a medir las diferentes maneras que tienen los animales de comunicarse con el "estándar" del lenguaje humano. Los científicos, lingüistas y filósofos discuten sobre si los simios pueden realmente comunicarse mediante el lenguaje de signos humano o bien con símbolos arbitrarios organizados en una gramática de tipo humano. Pero sabemos relativamente poco sobre los diferentes tipos de comunicación en la naturaleza.





Una tendencia a ver el lenguaje verbal humano como lo más importante se pone de manifiesto en la historia de "Hans el Listo", el caballo "matemático". La gente de aquel tiempo estaba dispuesta a creer que Hans podía entender las palabras humanas y llevar a cabo órdenes verbales para sumar y restar [logros con los que los observadores se podían identificar]. Sin embargo, declararon que Hans era un fraude y perdieron todo interés cuando los escépticos revelaron que el caballo era "sólo" extremadamente sensible al lenguaje corporal humano, un medio de comunicación del que tan sólo somos vagamente conscientes.





Del mismo modo, también nos sentimos impresionados con el perro que parece entender las palabras de su humano, pero no prestamos atención a su sorprendente habilidad para identificar por el olor de su orina a los tres perros vecinos que acaban de visitar su farola favorita.





Los humanos somos profundamente conscientes de que nos estamos comunicando. Pero ¿y los animales? Podemos encontrar diferentes niveles de conciencia en el amplio espectro que existe entre un reflejo inconsciente (como doblar una rodilla) y la composición de un soneto, aunque los científicos y filósofos han colocado a la comunicación animal en ambos extremos. En el extremo inferior, Steven Pinker afirma de forma persuasiva en El instinto del lenguaje que la comunicación animal representa bastante menos que el equivalente del lenguaje humano, mientras que, en el El pensamiento de los animales, Donald R. Griffin argumenta de forma convincente que la comunicación animal representa bastante más que un reflejo. Una posición segura, por lo tanto, sería no denominar a la comunicación animal ni poema ni tic.







No obstante, colocarla de forma más precisa en algún lugar del espectro puede resultar bastante difícil. Incluso en el caso de los loros parlantes, los animales más capaces de imitar el lenguaje humano, y los grandes simios, nuestros parientes más cercanos y posiblemente los animales no humanos más "espabilados", conocemos todavía muy poco sobre cuán conscientes son de estar comunicando, y los investigadores no coinciden en cuánto se parece su comportamiento al lenguaje humano.





Otro hilo que emerge del estudio de las comunicaciones animales habla del poder de la evolución. Dado un determinado nicho ecológico, el lento (en una escala de tiempo biológico) y azaroso proceso de la evolución se encargará de llenarlo todo. Si los machos gastan enormes cantidades de energía para atraer a las hembras, abren un nicho ecológico para los "estafadores", machos que se sientan tranquilamente y esperan a que llegue la hembra. La presencia de estos taimados machos abre por sí sola un nicho para las hembras que posean algunos medios para identificar al verdadero dueño del territorio. Si una amplia variedad de especies de aves en un bosque tropical colonizan diferentes nichos, no sólo aparecerán nuevas especies, sino que desarrollarán mecanismos únicos de comunicación.







La tremenda variedad de tipos de comunicación que han evolucionado demuestra al papel fundamental de la comunicación entre los animales. Éstos utilizan cada sentido, gesticulando con sus apéndices y posición corporal; enviando y recibiendo sutiles [o no tan sutiles en el caso de mofetas asustadas] señales olorosas; chillando, graznando, cantando y chirriando; enviando y recibiendo señales eléctricas; emitiendo destellos de luz, cambiando la pigmentación de la piel; "bailando" e incluso tamborileando y haciendo vibrar la superficie que pisan.





La enorme cantidad de datos recogidos por los investigadores de la comunicación animal, a pesar de ser infinitamente más extensa que el contenido de este libro, todavía representa tan sólo la punta del iceberg. Sin lugar a dudas, la futura investigación proporcionará un entendimiento más completo de aquellos ejemplos de comunicación animal que hoy en día tan sólo conocemos superficialmente. 











FUENTE: "EL LENGUAJE DE LOS ANIMALES" (Prólogo de Frans de Waal, eminente etólogo)

AUTOR: STEPHEN HART (Biólogo)

© 1996 Robert Ubell Associates, Inc. All right reserved
© de la traducción: 1997 Ediciones Omega, S.A.
© Alianza Editorial, S.A., Madrid, 2013







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